Vivimos en una sociedad que fomenta el estar bien, el tener que sentirse bien a la fuerza, el pasártelo bien. En general a nivel familiar se tiende a minimizar los malestares, el dolor, a decir frases como “no te preocupes”, “no estés mal”, “no pienses en eso”, “lo que tienes que hacer es divertirte, o no pensar o pasar página”, etc.

A todos nos resuenan estas frases que conllevan la mejor de las intenciones y sin embargo cuando nos las dicen lejos de sentirnos mejor, nos sentimos peor, más solos, y pensando en que la próxima vez que me pase algo por el estilo, no se lo contaré a la persona que me haya dicho estas frases.

¿Qué solemos hacer con las emociones displacenteras?

Las solemos maltratar, las anulamos, las negamos, las minimizamos, las ridiculizamos, las criticamos y cuanto más queremos esconderlas, con más fuerza aparecen.

El cerebro viene muy bien construido de fábrica y las emociones tanto placenteras como displacenteras se asientan en el cerebro, en concreto, en una estructura que se llama amígdala dentro del sistema límbico que es subcortical, es decir, no pasa por la corteza cerebral, por ponerle palabras de manera automática.

Así que si el cerebro las conserva tan vívidamente, es porque todas las emociones son útiles y cumplen una función, sino, ya se hubieran extinguido o en nuestro cerebro habría una poda neural que las hubiera hecho desaparecer.

Me imagino que os estaréis preguntando, y ¿para qué me sirve a mí sentirme mal? Y ahí es donde empieza un trabajo de autoconsciencia, de autoconocimiento, de inteligencia emocional en el que nos han enseñado muy poco sobre nuestra experiencia interna, sobre cómo se llama lo que estoy sintiendo y qué relación tiene con las sensaciones físicas que estoy teniendo y con lo que estoy viviendo o he vivido.

A mí me gusta poner nombre a lo que sentimos en concreto, porque no es lo mismo sentirse con miedo que sentir enfado o tristeza y luego el buscar el apellido a la emoción ¿miedo a qué? Y ahí es donde nos sumergimos en las profundidades del iceberg.

Así que la próxima vez que te veas intentando anular o eliminar alguna emoción displacentera y veas que no es posible, puedes plantearte, ¿qué me quiere decir lo que estoy sintiendo?